El chirrido de la silla de madera sobre el suelo de hormigón fue el único sonido que rompió el silencio sepulcral de la habitación 000. Valeria Miller, o la conciencia que aún llevaba ese nombre, se quedó paralizada en el umbral de la puerta, observando la espalda de un hombre que vestía una bata blanca de laboratorio, manchada de café y sudor. Era Sebastián, pero no el dios dorado ni el anciano decrépito, sino el hombre que ella recordaba de sus días de universidad, el joven brillante que solía perderse en las líneas de código mientras ella le llevaba el desayuno.Falta poco, Valeria, solo una línea más y el puente estará completo, murmuró el hombre sin girarse, mientras sus dedos volaban sobre un teclado mecánico ruidoso. Valeria se acercó lentamente, con la daga de cristal aún en la mano, pero la ira que sentía empezó a mezclarse con una confusión dolorosa. El monitor frente a Sebastián no mostraba coordenadas espaciales ni planes de invasión de la Legión, sino gráficos de onda
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