El Arca del Tiempo flotaba inmóvil en un vacío que ya no era espacio, sino el margen blanco de una página infinita. Valeria Miller sentía que su propia piel perdía la calidez de la carne para adquirir la textura rugosa del pergamino. A su lado, el Mateo adolescente y la pequeña Sofía se aferraban a sus manos, sus formas volviéndose planas, como ilustraciones de un libro de cuentos que está siendo devorado por la humedad. Frente a ellos, el Sebastián del laboratorio, el Pensador Original, sostenía la pluma estilográfica con una elegancia que resultaba insultante.Esto no es real, susurró Valeria, aunque su voz sonaba como el rasgar de un papel seco. Sebastián, tú no eres un dios. Eres mi marido. Eres el hombre que amaba el café amargo y las mañanas de lluvia.El hombre de la bata blanca sonrió, y en sus ojos no había odio, sino la satisfacción intelectual de un autor que ha resuelto un problema matemático complejo. Valeria, el amor es solo el motor narrativo que inventé para que no te
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