El tiempo había muerto. O quizás, simplemente, se había detenido en el umbral de la puerta de acero.Elena abrió los ojos y lo único que vio fue blanco.Un blanco absoluto, hiriente, clínico. Las paredes eran paneles acolchados de un material sintético que no reflejaba la luz. El suelo era una resina epoxi sin juntas, inmaculada. El techo era una losa de luz difusa que no proyectaba sombras.No había ventanas. No había muebles, salvo un camastro atornillado al suelo con sábanas de papel. No había lavabo, solo un agujero de drenaje en una esquina.Elena se incorporó. Su cabeza daba vueltas, un tiovivo de náuseas provocado por los sedantes químicos. Se miró el cuerpo. Su chaqueta militar, sus botas, su ropa sucia... todo había desaparecido.Llevaba un pijama de una pieza, de tela gris fina, sin botones, sin cremalleras, sin cordones. Parecía el uniforme de un astronauta en desgracia o de un lunático peligroso.—¿Hola? —su voz sonó ronca, absorbida al instante por las paredes insonorizad
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