El lápiz de cera azul rascaba la madera del suelo con un sonido áspero y constante. Sscritch, sscritch, sscritch.Mía estaba tumbada boca abajo sobre la alfombra persa, ajena al mundo. El cóctel químico de Doña Luisa había hecho su trabajo: el temblor había desaparecido, su piel había recuperado un tono sonrosado y sus ojos ya no miraban al vacío con terror, sino con una concentración infantil absoluta.Elena la observaba desde el sillón de orejas, con una taza de caldo caliente entre las manos.—¿Qué dibujas, Mía? —preguntó suavemente.La niña no levantó la vista.—Una flor —dijo.Elena se inclinó para mirar. En efecto, era una flor. Un tallo verde y pétalos de un azul eléctrico, vibrante. Pero mientras Mía seguía dibujando, la flor empezó a cambiar.La niña añadió líneas negras que salían del centro de los pétalos. Patas. Luego, añadió dientes en el pistilo. Y finalmente, rodeó la flor con una jaula de líneas rojas agresivas.La flor se había convertido en un monstruo atrapado.Elen
Leer más