Noviembre en Barcelona tiene una forma particular de melancolía. No es el frío mordiente del norte, ni la nieve silenciosa de Svalbard. Es una lluvia persistente, gris y húmeda, que convierte el asfalto en espejos negros y hace que el mar huela a hierro oxidado.
Elena Vargas estaba en el salón de su ático, revisando un informe de sostenibilidad de Aurora Bio en su tablet. La única luz provenía de la pantalla y de una lámpara de pie que proyectaba un círculo cálido sobre la alfombra persa (la de