El mundo se redujo a las garras huesudas de la Esfinge, brillando con un veneno verde que ni siquiera mis sentidos amplificados habían detectado. El susurro del Archimago—“Despierta”— resonaba en mis oídos, una clave siniestra que explicaba el ataque. Él había liberado a la criatura antes, y ahora, en el santuario mismo del Concilio, había activado su letargo asesino.No tuve tiempo de pensar, solo de reaccionar.El instinto, forjado en el jardín abandonado y pulido por Cassian, tomó el control. Me agaché, no hacia atrás, sino hacia adelante, rodando entre las patas delanteras de la criatura. Sus garras silbaron sobre mi espalda, desgarrando la túnica pero fallando por centímetros la carne. El movimiento fue tan rápido, tan fluido, que un murmullo de sorpresa recorrió la Corte.Pero la Esfinge no era un oponente común. Giró sobre sí misma con una agilidad antinatural, su cola, una vara de hueso afilado, azotó el aire hacia mi cabeza. Ya no podía esquivar.Kaelan se movió, pero fue la
Leer más