Mía Miller
El rugido del motor del coche blindado se sentía como un eco distante mientras dejábamos atrás las escalinatas del juzgado. Por la ventana trasera, veía cómo la masa de periodistas y los flashes se convertían en puntos borrosos de luz hasta desaparecer por completo. Dentro del vehículo, el silencio era denso, pero no era el silencio cargado de tensión de los días anteriores. Era una quietud de victoria, de esas que solo se sienten cuando el campo de batalla ha quedado en silencio y