Alan Lombardi
El sol se había hundido finalmente en el horizonte, dejando tras de sí un rastro de estrellas que parecían arder con la misma intensidad que la sangre que corría por mis venas.
La miré a mi lado, caminando por la orilla de nuestra playa privada. Mía todavía llevaba aquel vestido blanco de encaje, ahora humedecido por la espuma del mar en el dobladillo, y su cabello volaba libre con la brisa. Me detuve en seco, observándola. Ya no era la mujer asustada que encontré en medio del c