Mía Miller
El primer rayo de sol no golpeó mi rostro, sino que se filtró como una caricia dorada a través de las cortinas de lino blanco de la villa. Pero no fue la luz lo que me despertó del todo, sino la sensación de unos labios cálidos recorriendo el contorno de mi hombro desnudo. Un escalofrío delicioso me recorrió la columna, recordándome dónde estaba y, sobre todo, con quién.
—Despierta, futura señora Lombardi —susurró la voz profunda de Alan contra mi nuca.
Me giré perezosamente entre