Mía Miller
El aire dentro de la sala de audiencias estaba viciado, cargado de un magnetismo pesado que parecía dificultar la respiración. Me senté en el banco de la defensa, sintiendo la tela de seda de mi vestido contra la piel, un contraste suave frente al metal gélido que aún mordía mi tobillo. A mi izquierda, Alan era una estatua de granito; su mano cubría la mía sobre la mesa, y su calor era lo único que me impedía desvanecerme ante la mirada inquisidora de las cámaras de la prensa y los