Mía Miller
La última noche antes de la audiencia definitiva se sentía como el aire antes de una ejecución. El ático de Alan estaba sumido en una penumbra elegante, interrumpida solo por el parpadeo constante de los servidores de Marcus en el despacho y el brillo de la ciudad que, desde esta altura, parecía un hormiguero de luces indiferentes a mi tragedia.
Caminé hacia el ventanal, sintiendo el roce ya familiar, pero no por ello menos odioso, del plástico contra mi tobillo. Había pasado las ú