La mansión de la madre de los Rosewood, una propiedad de estilo gótico situada en las afueras de la ciudad, se alzaba entre la bruma como un mausoleo dedicado a un pasado que se negaba a morir. Alexander conducía en un silencio sepulcral, con las manos apretadas al volante de cuero hasta que sus nudillos perdían el color. Lauren, a su lado, sentía el peso del vendaje en su hombro y el vacío del microchip destruido en su mente.—Mi madre no ha tenido un buen mes —dijo Alexander de repente, rompiendo la tensión del habitáculo—. El Alzheimer está ganando terreno. A veces olvida quién soy yo, pero nunca olvida cuánto odiaba a Rebecca. Mantén la boca cerrada y limítate a sonreír. No quiero que un ataque de nervios le arruine la cena.Lauren asintió, sintiendo un nudo en el estómago. La madre de Alexander, la matriarca Eleanor Rosewood, era una leyenda de frialdad y elegancia. Si alguien podía detectar una grieta en su fachada, era ella, incluso a través de la niebla de su enfermedad.Entra
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