El zumbido de los miles de tanques de incubación en el Sector Nadir era un coro de vida artificial que hacía vibrar los dientes de Leonard. Bajo la luz azul cobalto de la cúpula submarina, el aire olía a ozono y a líquido amniótico sintético. Leonard avanzó por el pasillo central, con la granada de pulso electromagnético pesando en su mano, mientras Katie, armada con una terminal portátil de alta velocidad, se conectaba a los nodos de control de las filas de clones.—Si corto el flujo de nutrientes y sobrecargo los reguladores térmicos, los tanques entrarán en estado de choque —susurró Katie, sus dedos volando sobre el teclado—. No nacerán, Leonard. Pero la IA Madre intentará redirigir la energía para salvar a las unidades más avanzadas.Justo cuando Katie inició la secuencia de sabotaje, una de las cápsulas situadas al final del corredor Alfa se abrió con un silbido hidráulico. El líquido azul se derramó por el suelo de rejilla metálica, y una figura joven, de apenas doce años, emerg
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