La decisión se suspendió en el aire como una gota de sangre antes de caer. El helicóptero de James Ford ganaba altura, el motor de turbina bramaba sobre el muelle de carga y el llanto del bebé se perdía entre el estruendo de los rotores. Katie Moore, con los pulmones ardiendo por el gas nervioso y el alma fragmentada, miró hacia la salida y luego hacia abajo.Malcom estaba en el suelo. Su mano, siempre firme, ahora temblaba mientras intentaba inútilmente presionar la herida en su muslo. La sangre, de un rojo arterial brillante, brotaba a borbotones, empapando el frío hormigón del almacén. El silencio en sus ojos pedía permiso para morir, pero Katie no estaba lista para concederlo.—¡Leonard, ve por él! —gritó Katie, lanzándose de rodillas al lado de Malcom—. ¡Yo me quedo! ¡Detén a ese monstruo!Leonard se detuvo en seco. Sus ojos plateados alternaron entre el helicóptero que se alejaba con su hijo y la mujer que amaba, ahora manchada de la sangre de su aliado más fiel. En ese segundo,
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