La cabaña de seguridad en el valle de Valais, Suiza, era un refugio de madera rústica que escondía tecnología de vanguardia bajo su fachada de retiro alpino. Leonard yacía sobre una mesa de madera, apretando los dientes mientras Katie, con las manos aún temblando por la adrenalina del salto base, terminaba de suturar la herida de su hombro. El silencio del bosque nevado era absoluto, solo interrumpido por el crepitar de la chimenea y el llanto intermitente del bebé, que descansaba en un moisés improvisado a pocos metros.A su lado, vigilando la entrada, se encontraba Sarah, la mujer que los había ayudado a coordinar el escape desde las sombras durante las últimas semanas. Había sido su enlace con la resistencia interna de los Sinclair, la voz que les advirtió sobre el Nido del Águila.—Está hecho —susurró Katie, cortando el hilo quirúrgico. Miró a Leonard a los ojos—. Necesitas descansar. Ese salto casi desgarra tus implantes neurales.—No hay tiempo para el descanso, Katie —respondió
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