El puente de suspensión de Blackwood, una estructura de acero oxidado que conectaba el peñasco de la prisión con la civilización, se mecía violentamente bajo los vientos huracanados de la tormenta. Las luces de los helicópteros daban a la escena un aspecto de pesadilla interrumpida por destellos de luz azul y roja. Allí, en el límite entre el cautiverio y la libertad, la tragedia de los Sinclair estaba a punto de alcanzar su punto de ebullición. Leonard Sinclair y James Ford se miraban, separados apenas por unos metros de metal rugoso. A sus espaldas, Eleanor Sinclair observaba con una calma gélida, como una diosa del caos esperando el sacrificio. Katie, retenida por Malcom a unos metros de distancia para protegerla del fuego cruzado, sentía que cada segundo era un siglo. James Ford no esperó a las palabras. Su resentimiento, alimentado por décadas de ser la sombra descartada de una familia de oro, estalló en una ráfaga de movimientos brutales. Se lanzó contra Leonard con la fuerza d
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