El frío de la cabaña en las montañas se sentía como una mortaja. Leonard apretaba la nota de Silas entre sus dedos ensangrentados, sus ojos fijos en la cuna vacía. El dolor de su hombro era un eco sordo comparado con el vacío en su pecho. Malcom mantenía la guardia en la puerta, con el arma en alto, pero el silencio era el enemigo más feroz.
—Leonard, respira —dijo Katie, su voz quebrada pero firme—. No podemos permitir que el pánico nos ciegue. Silas quiere que te desmorones.
Leonard levantó l