El aire de Roma pesaba con la humedad del Tíber y el aroma del incienso centenario. La Ciudad del Vaticano, con sus muros de piedra infranqueable y su soberanía blindada, era el último lugar donde el FBI se atrevería a disparar. Sin embargo, para Leonard y Katie, era la boca del lobo más refinada del mundo. Bajo la sombra de las columnatas de Bernini, dos figuras vestidas con las sotanas escarlatas de cardenales avanzaban con una parsimonia estudiada. El disfraz era perfecto: las pesadas telas ocultaban no solo el equipo táctico de Leonard, sino también los sutiles espasmos musculares de Katie, cuya fuerza aumentada por el antídoto luchaba por desbordarse bajo la seda.Leonard sentía el peso del revólver oculto bajo el fajín. Su parálisis, aunque controlada por la tecnología de Leo, le enviaba punzadas de advertencia. Al entrar en el refectorio privado del Palacio Apostólico, el lujo era opresivo. No había clérigos rezando, sino hombres de negocios con trajes que costaban fortunas y u
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