Mientras Isadora cenaba con el embajador de Francia y su esposa en el comedor ejecutivo, diseccionando un lenguado con la precisión quirúrgica que Madame Dubois le había inculcado a gritos y manteniendo una conversación fluida en un francés que había memorizado fonéticamente la noche anterior, Dante Castellanos descendía voluntariamente a los infiernos corporativos: el subsuelo del archivo muerto de Montemayor Holdings, un laberinto de polvo, oscuridad y secretos olvidados.
Llevaba tres noches c