La lluvia había dejado de golpear los ventanales del ático, pero dentro del apartamento la atmósfera seguía cargada de una electricidad estática y peligrosa cuando Dante salió del ascensor privado, trayendo consigo el olor a humedad subterránea, a polvo de décadas y a una verdad podrida que se aferraba a su ropa como una segunda piel.
Isadora, que había estado repasando la lista de invitados para el desayuno con la Asociación de Banqueros con los ojos ardientes de cansancio, se puso de pie de u