La zona industrial norte emergía del amanecer como un cementerio de metal oxidado.Isadora ajustó los auriculares inalámbricos mientras observaba las pantallas desplegadas en la furgoneta de vigilancia. Ocho monitores mostraban ángulos diferentes del almacén abandonado donde, en teoría, Marcos estaría solo recogiendo documentos. El olor a café frío y tensión impregnaba el aire del vehículo, mezclándose con el zumbido constante de los equipos electrónicos.En teoría, todo estaba bajo control.—Cebo en posición —susurró el Especialista desde el asiento del conductor—. Marcos acaba de entrar por la puerta norte. Telemetría estable, signos vitales normales.El corazón de Isadora latía contra sus costillas como un animal enjaulado. Dante apretó su mano en silencio, sus dedos helados a pesar de la calefacción del vehículo. Junto a ellos, Sofía mordía nerviosamente una uña mientras sus ojos saltaban de una pantalla a otra, todavía adaptándose a su nuevo rol en esta guerra que había heredado
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