La zona industrial norte emergía del amanecer como un cementerio de metal oxidado.
Isadora ajustó los auriculares inalámbricos mientras observaba las pantallas desplegadas en la furgoneta de vigilancia. Ocho monitores mostraban ángulos diferentes del almacén abandonado donde, en teoría, Marcos estaría solo recogiendo documentos. El olor a café frío y tensión impregnaba el aire del vehículo, mezclándose con el zumbido constante de los equipos electrónicos.
En teoría, todo estaba bajo control.
—C