A Eli se le iluminó la mirada sin que pudiera evitarlo. Althea, que caminaba a su lado, notó el cambio enseguida. Esbozó una sonrisa y preguntó:—¿Los alumnos pueden usar estas instalaciones fuera del horario de clases?—Por supuesto —respondió el director—. Con supervisión, claro. Queremos que realmente comprendan, no que solo memoricen.Althea asintió, complacida.Luego siguieron hacia la sala de música. Ya desde afuera se oía un piano suave al otro lado de la puerta. Cuando abrieron la puerta, el ambiente cambió. La sala se sentía más cálida, con instrumentos bien ordenados, entre ellos pianos, guitarras y, a un costado, un salón aparte para practicar canto.Eli se acercó sin darse cuenta.—Aquí fomentamos el interés de los alumnos por las artes —explicó el director—. También incluimos clases de canto.Eli se quedó mirando el salón de canto, con las paredes cubiertas de paneles acústicos. Adentro, un alumno practicaba concentrado bajo la guía de un instructor.Sonrió sin darse cuent
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