El antiguo invernadero de los De Luca estaba devorado por la maleza. Al cruzar el umbral, un chirrido estático rasgó el aire y una voz infantil inundó el recinto.— ¡Papá, mira cómo crecen las orquídeas! — era la voz de Elara, grabada décadas atrás.Ella se detuvo en seco, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío nocturno, Dante, a sus espaldas, mantenía su arma Beretta baja, pero sus ojos escaneaban cada sombra entre los helechos gigantes.— Usa tu dolor como arma, Elara. No lo escuches — advirtió Dante, su voz era un ancla en medio de la tormenta emocional.— Bienvenida a casa, prima — Alejandro emergió de entre las sombras, sentado en un banco de piedra. No vestía su traje de fiscal, lucía un traje táctico oscuro que lo hacía parecer un espectro — El USB es basura, Elara. El verdadero poder no deja rastro digital.— Tengo los metadatos de las ejecuciones, Alejandro. Firmaste la muerte de mi padre —Elara sacó el dispositivo, sosteniéndolo como si fuera un detona
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