El metal del yate aullaba bajo el castigo de las ráfagas de calibre 50. Lo que hace minutos era un palacio flotante, ahora era una caja de resonancia donde las balas rebotaban contra la madera pulida.Los hombres de Alejandro, superados en número y atrapados en su propia arrogancia, respondían al fuego desde la cubierta superior. Los gritos de agonía se mezclaban con el siseo del agua que empezaba a entrar por los ojos de buey reventados.Dante rodó por el suelo, arrastrando a Elara hacia la zona de servicio. El calor en el pasillo era un muro sólido, una tubería de gas se había fracturado tras la primera explosión, convirtiendo el centro de la nave en un horno.— ¡Muévete, Elara! — rugió Dante, su voz rasgada por el humo. Sus manos, antes firmes, ahora temblaban mientras empujaba a la mujer hacia el único sector que no estaba bajo el fuego directo de las ametralladoras.Una detonación sorda sacudió el casco. El yate se inclinó violentamente hacia estribor, lanzándolos contra las pare
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