La suite médica del yate era una burbuja de cristal. Gracias a la tecnología, el parto prematuro se había detenido con inhibidores intravenosos, pero la calma era un espejismo.Elara, pálida pero con el pulso estabilizado, observó cómo Alejandro colocaba una carpeta de cuero sobre la mesa del comedor privado. El brillo de la lámpara quirúrgica se reflejaba en el papel, era una sentencia de muerte disfrazada de contrato legal.— Firma, Elara. El control de los De Luca bajo mi nombre es la única forma de que Leone no hunda este barco — la voz de Alejandro era un roce de seda sobre una cuchilla. Sus ojos escrutaban el rostro de ella, buscando la fisura en su voluntad que le permitiera devorar lo que quedaba de su legado.Dante, cuya fiebre había remitido dejando solo una mirada de lobo hambriento, observaba desde la sombra del rincón. Su cuerpo, aunque magullado, se tensaba con una energía peligrosa.Lorenzo, en un camarote contiguo, ya respiraba sin asistencia bajo la vigilancia de suer
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