El amanecer en la ciudad no trajo claridad, sino una luz grisácea y fría que se filtraba por las persianas del apartamento de Elena. Para Dante, el despertar fue como chocar contra un muro de cemento a toda velocidad. El efecto de la droga había remitido, dejando en su lugar un rastro de náuseas, un dolor de cabeza palpitante y una pesadez en el alma que ningún químico podría explicar.Se quedó inmóvil un momento, escuchando la respiración acompasada de Elena a su lado. La habitación olía a ellos, a esa mezcla de sudor, deseo y algo mucho más profundo que Dante se negaba a nombrar: amor. Verla allí, con el cabello castaño desparramado sobre la almohada y la marca de sus dedos —ahora arrepentidos— en su piel, le provocó un nudo en la garganta.Había roto su promesa. Había vuelto a arrastrarla a su caos.Se levantó con cuidado, intentando no despertarla. Sus movimientos eran pesados. Recogió su camisa del suelo, ahora arrugada y con un botón menos, y se la puso como quien se pone una ar
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