La entrada del Gran Hotel de la Ciudad del Mar era un hervidero de flashes y murmullos. La Gala Benéfica anual era el circo de la alta sociedad, y todos esperaban ver la misma función de siempre: Dante Del Real brillando como un sol, con su esposa Aura eclipsada en algún rincón oscuro, vestida de beige y sumisión.
Un Rolls-Royce negro se detuvo. Dante bajó primero, ajustándose los gemelos de oro con la arrogancia de quien se sabe dueño de la noche. Se giró y ofreció su mano a Ivana, quien emerg