El espejo me devolvía la imagen de una desconocida. Llevaba un vestido de seda color esmeralda, cortado al bies, que se ajustaba a mis curvas como una segunda piel. El escote en la espalda bajaba hasta la base de la columna, revelando la piel que Valerius había reclamado la noche anterior en la cabaña. Mis labios estaban pintados de un rojo tan oscuro que parecía sangre seca, y mis ojos, enmarcados en sombras profundas, ocultaban el vacío que sentía.—Estás perfecta —dijo la voz de Valerius desde la puerta.Apareció detrás de mí, impecable en su esmoquin negro. Me puso las manos sobre los hombros, y por el espejo, vi cómo sus dedos se hundían ligeramente en mi piel. Era una caricia para el mundo, pero para mí, era el recordatorio de que era su prisionera.—Recuerda el guion, Alessandra —susurró, inclinándose para besar mi hombro—. Eres mi esposa devota. Estamos más unidos que nunca. Un error, una mirada fuera de lugar, y el hombre que vigila a Lucía recibirá la orden que tanto espera.
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