Barcelona recibió a Aitana con un sol hirviente y el estruendo de una ciudad que nunca pide permiso para existir. Para ella, el caos de las Ramblas era el escondite perfecto. Nadie en esta ciudad sabía quién era "La Diosa Pura" de la Universidad Real. Nadie conocía las fotos, nadie sabía de la traición de los Gómez. Aquí, Aitana Navarro no era más que una cara entre millones, y ese anonimato era su posesión más valiosa.Se instaló en un pequeño apartamento en el barrio de El Raval, un lugar que sus padres habrían descrito como "decadente", pero que para ella olía a libertad. Su amiga de la infancia, Elena, la recibió sin hacer preguntas. Elena era artista, una mujer de tatuajes y mirada curtida que entendió, con solo ver los ojos de Aitana, que el alma de su amiga había sido incendiada.—No tienes que contarme nada —dijo Elena, entregándole una llave desgastada—. Solo dime una cosa: ¿quieres llorar o quieres borrarla?Aitana dejó su mochila en el suelo y se miró en el espejo del recib
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