Un mes después de la condena de Alexander, la mansión de los Smith parecía un lugar diferente. Las cortinas, que habían estado cerradas durante años, ahora estaban abiertas, dejando entrar la luz del sol. Los muebles tapizados en tela oscura habían sido reemplazados por piezas más claras, y las paredes, antes cubiertas de retratos de Alexander, ahora mostraban fotos de nuestra familia: mamá, papá, Isabella y yo, sonriendo juntos. Pero a pesar de los cambios, el pasado seguía acechando en cada rincón.Yo seguía recuperándome de los efectos de la máquina de memoria. A menudo, me despertaba en la noche, sudando, con el recuerdo de las cadenas y el dolor eléctrico. Isabella, que ahora vivía con nosotros, siempre venía a mi habitación para calmarme. —“Está bien, Eleanor. Ya no estás sola”—, me susurraba, abrazándome hasta que volviera a dormir. Papá había dejado de trabajar en sus negocios durante un tiempo para estar con nosotros, y mamá pasaba horas cocinando nuestros platos favoritos, t
Leer más