Diez años después de la condena de Alexander, la Universidad Elena de Derechos Humanos se había convertido en un referente global. Sus salones acogían a estudiantes de más de veinte países, muchos de ellos sobrevivientes de explotación, que llegaban con el sueño de convertirse en defensores de la justicia. Carlos, ahora decano adjunto, había implementado un programa de investigación sobre el tráfico de órganos, cuyos estudios habían contribuido a reformar leyes en varios países. Cada semestre,