Después de colgar la llamada, Lila no cerró los ojos ni un minuto. Las imágenes del gemido de Marco, el roce de seda contra lino, se repetían en su mente como un ciclo sin fin. Cuando el sol comenzó a asomar por las ventanas de la mansión, su rostro estaba marcado por ojeras profundas, su pelo desordenado, su cuerpo agotado emocionalmente. Se vistió de prisa con un traje de oficina sencillo y se dirigió al club social de la Familia Valenti, un edificio de piedra oscura en el centro de la ciudad