Capítulo 44. Simple copa de jugos.
Llevaba un esmoquin negro clásico que se fundía con las sombras, pero la luz cálida acariciaba sus hombros anchos y la línea de su mandíbula. Estaba devastadoramente guapo, la encarnación del poder y la elegancia.Sin embargo, sus ojos, esos ojos que Victoria había amado y temido en igual medida, no tenían el brillo social y vacío de los otros invitados. Tenían el brillo del hambre, de la concentración de un predador que ha localizado a su presa después de una larga búsqueda.Al verlos entrar, Bruno se separó del grupo de inversionistas asiáticos con los que conversaba sin siquiera terminar la frase. Sus pasos fueron directos, decididos, imantados. No miró a Victoria, ni el vestido, que era un grito en la habitación. Su mirada, desde el momento en que cruzaron la puerta, se clavó en Nathan como un par de misiles teledirigidos, absorbiendo cada detalle: su estatura, su postura, la forma de su nariz, el gesto serio de su boca.—Buenas noches —dijo Bruno, deteniéndose justo frente a el
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