Capítulo 37. El beso del naufragio.
Bruno la besó con la furia de un hombre ahogándose, con el sabor salado de sus propias lágrimas y la amargura de la traición en sus labios. Fue un beso de naufragio, una rendición violenta. Sus manos, que momentos antes habían estado cerradas en puños de ira, se aferraron a los costados del rostro de Victoria con una mezcla de voracidad y ternura desesperada. Los dedos le temblaban contra la piel, como si temiera que ella también fuera a desvanecerse en humo, otra ilusión más que se le escapaba entre los dedos.Victoria respondió. No podía evitarlo. Su cuerpo, su alma de Renata que aún latía bajo la armadura de Victoria, reaccionó al contacto que durante años había sido su tormento y su único refugio en los sueños. Era un acto reflejo del corazón, un eco que persistía más allá de la voluntad. Un gemido ahogado, cargado de casi siete años de dolor, de amor no correspondido, de rabia contenida y de añoranza infinita, se le escapó y fue devorado por la boca de Bruno. Sus manos, inici
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