La ninfa se cruzó de brazos y se elevó unos centímetros sobre la mesa, inflando el pecho con una arrogancia que hacía que sus alitas desprendieran destellos dorados. Miró a Sebastian con suficiencia y luego a Bella con una sonrisa de superioridad.— ¿Un tutor? ¿Un humano con barba blanca, túnica y libros polvorientos? — bufó el hada, soltando una carcajada cristalina — Por favor, Sebastian, no insultes mi linaje. Ningún maestro de este Imperio, por muchos títulos que tenga, se le iguala a una criatura nacida de la fuente misma del maná. Los humanos estudian la magia como si fueran recetas de cocina: Pero yo ¡yo soy la magia!Bella miró a Sebastian, quien arqueó una ceja, entre divertido y escéptico.— Muy bien, pequeña sabelotodo — retó Sebastian, recostándose en su silla — Si eres tan superior, demuestra que puedes enseñarle algo ahora mismo.— ¡Prepárate, Bella! —exclamó la ninfa, ignorando el tono burlón del Duque — No necesitamos esperar a ningún viejo aburrido. La primera lección
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