La habitación de Bella, que antes se sentía como un refugio cálido, ahora parecía una cueva de melancolía. Ella estaba hecha un ovillo, enrollada en una cobija gruesa que la cubría hasta la nariz, dejando solo sus ojos tristes a la vista.El brillo plateado que solía emanar su aura cuando estaba tranquila se había apagado por completo, reemplazado por una sombra de desánimo que preocupaba a todos en el palacio.Anna se sentaba al borde de la cama, acariciándole el cabello por encima de la manta, tratando de encontrar las palabras adecuadas.— Señorita, tiene que comer algo — insistía Anna con voz dulce — Martha ha preparado ese estofado que tanto le gusta, y ha traído pan recién horneado. No puede dejar que esa... esa mujer le robe también el apetito.Martha, que ya se había acostumbrado a la presencia del hadita (aunque al principio casi se desmaya del susto), asentía con vigor mientras sostenía la bandeja con fuerza.— ¡Exacto! — exclamó la cocinera, dejando la bandeja sobre la mesa
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