Bella, temiendo que la ninfa lograra zafarse y terminara ahogando a isaak, se despidió de Anna con una mirada de auxilio y salió disparada hacia el gran comedor. Llevaba las manos cerradas en forma de cuenco frente a su pecho, donde el hadita no dejaba de patalear y soltar maldiciones en un lenguaje antiguo que sonaba como agua hirviendo.Cuando entró al salón, Sebastian ya estaba sentado a la cabecera de la mesa. Al ver aparecer a Bella con esa expresión de pánico y las manos apretadas se puso de pie con elegancia, esbozando una pequeña sonrisa.— Ah, Bella, te estaba... — Sebastian comenzó a decir, bajando la mirada hacia las manos de la joven — Hola, pequeña. Veo que vienes de un humor algo... electrizante.El Duque intentó saludar a la ninfa con un gesto cortés pero la criatura, en cuanto Bella abrió las manos, ni siquiera lo miró. Estaba tan enfurruñada que sus mejillas estaban rojas de puro coraje; soltó un bufido de desprecio que sonó como un silbido de tetera y voló directamen
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