Azkarion puso en mi dedo una sortija de rubí y oro con un gesto lento, casi solemne. El anillo brilló bajo la luz del departamento como una advertencia silenciosa, pesada. Sentí el frío del metal contra mi piel y, de inmediato, un nudo se formó en mi garganta. Me alejé de él con un movimiento brusco, llevándome la mano al pecho, y traté de sacar la sortija. Tiré una vez, luego otra, con creciente desesperación. No se movió. Era como si se hubiera cerrado sobre mí.Lo miré sorprendida, con el corazón latiéndome desbocado.—Esto… ¿Por qué? —pregunté, apenas encontrando mi voz—. ¿Por qué yo? Puedes tener a cualquier mujer, Azkarion. Entonces… ¿Por qué yo?Él me observó unos segundos en silencio, como si evaluara mis palabras, y de pronto comenzó a reír. No fue una risa amable ni ligera. Fue burlesca, afilada, una risa que me hizo sentir desnuda, expuesta.—¿Crees que te amo? —dijo, aun sonriendo—. ¿De verdad te sientes tan importante, Verena? ¿Piensas que en todos estos años trabajando pa
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