POV Verena
—Debo ir con mi hermana… no puedo…
Ni siquiera terminé la frase. Su mirada se clavó en mí como una hoja afilada, inmóvil, precisa. No gritó. No alzó la voz. No lo necesitaba. Azkarion nunca necesitaba hacerlo. Bastaba con esos ojos oscuros, atentos, calculadores, que parecían desarmarte por dentro.
—¿Vas a dejarme solo y enfermo? —preguntó con una calma que me puso la piel de gallina—. Eres contradictoria, Verena. Además, te necesito. Creo que me lo debes.
El aire se me quedó atorado en la garganta.
No pude negarme.
Busqué una excusa, una salida elegante, una razón lógica que no sonara cobarde… pero nada apareció. Mi mente se quedó en blanco, como si él hubiera apagado un interruptor invisible. O quizá siempre estuvo apagado cuando se trataba de Azkarion.
Asentí sin decir palabra.
Él se levantó con cuidado y fue al baño. Escuché el sonido del agua, el roce de la ropa, movimientos lentos.
Minutos después salió vestido con ropa limpia, oscura, impecable, incluso en su estado.