Me senté en el sofá sin fuerzas, como si todo el peso del día se hubiera acumulado en mis huesos. Alcé la mano y miré el anillo que brillaba en mi dedo, ese rubí insolente rodeado de oro que parecía latir con vida propia. No importaba cuánto intentara ignorarlo: estaba ahí, reclamándome, recordándome que algo irrevocable había comenzado.
¿Qué significaba esto?
¿De verdad solo era un contrato?
Solté un suspiro largo, cansado, de esos que salen de lo más profundo del pecho. Maldito Azkarion. Todo esto debió haber empezado de otra manera. Si desde el inicio me hubiera hablado con frialdad, con claridad, si no me hubiera mirado de esa forma que confundía, si no me hubiera hecho sentir vulnerable… quizá no estaría ahora con las mejillas ardiendo de vergüenza, imaginándolo reírse de mí a mis espaldas.
Yo, creyendo por un instante —un instante humillante— que estaba loco por mí, cuando en realidad solo me estaba usando.
Porque eso es lo que Azkarion sabe hacer. Usar. Controlar. Y después, des