Me senté en el sofá sin fuerzas, como si todo el peso del día se hubiera acumulado en mis huesos. Alcé la mano y miré el anillo que brillaba en mi dedo, ese rubí insolente rodeado de oro que parecía latir con vida propia. No importaba cuánto intentara ignorarlo: estaba ahí, reclamándome, recordándome que algo irrevocable había comenzado.
¿Qué significaba esto?
¿De verdad solo era un contrato?
Solté un suspiro largo, cansado, de esos que salen de lo más profundo del pecho. Maldito Azkarion. Todo