Salí de la empresa sin mirar atrás. No quise hacerlo. Sabía que, si giraba la cabeza, si permitía que mis ojos se posaran una sola vez más en ese edificio que había sido mi rutina, mi refugio y también mi condena, me derrumbaría ahí mismo. Caminé con pasos rápidos, el pecho apretado, la respiración desordenada, como si el aire se hubiera vuelto demasiado denso para mí.
Fue entonces cuando lo vi.
—¡Verena, volviste!
La voz de Mateus me alcanzó de golpe, directa al corazón. Bastó escucharla para que todo lo que había estado conteniendo se rompiera. No pude evitarlo. Me quebré frente a él, sin dignidad, sin fuerzas para fingir que estaba bien. Las lágrimas brotaron con una urgencia que me avergonzó, pero ya no podía detenerlas. Mis hombros temblaron y, antes de que pudiera reaccionar, Mateus me rodeó con sus brazos.
Me aferré a él como si fuera lo único sólido en un mundo que acababa de desmoronarse. Lloré contra su pecho, sintiendo su calor, su silencio respetuoso, su presencia sincera.