Salí de la empresa sin mirar atrás. No quise hacerlo. Sabía que, si giraba la cabeza, si permitía que mis ojos se posaran una sola vez más en ese edificio que había sido mi rutina, mi refugio y también mi condena, me derrumbaría ahí mismo. Caminé con pasos rápidos, el pecho apretado, la respiración desordenada, como si el aire se hubiera vuelto demasiado denso para mí.
Fue entonces cuando lo vi.
—¡Verena, volviste!
La voz de Mateus me alcanzó de golpe, directa al corazón. Bastó escucharla para q