Abrí los ojos justo cuando me depositaban con cuidado sobre una cama. El colchón cedió bajo mi peso y, por un segundo, pensé que seguía soñando. Pero el olor… ese olor inconfundible. Mi pecho se apretó.
¿Mi casa?
Las sombras conocidas en las paredes, la textura de las sábanas, el murmullo lejano del reloj. Todo estaba ahí, exactamente donde debía estar, y aun así nada se sentía real. El calor seguía subiendo y bajando por mi cuerpo como una marea indomable, arrasándolo todo a su paso. No era un calor normal. Era intenso, abrasador, casi doloroso. Me hacía arquear la espalda, apretar los dedos, jadear sin querer.
Escuché voces. No las veía, pero estaban ahí, flotando sobre mí.
—Con la inyección que le pusimos, bajará el efecto de la droga que usaron.
Droga.
La palabra me golpeó tarde, como todo lo demás. Quise preguntar, quise entender, pero mi garganta apenas reaccionó. Escuché la puerta cerrarse y el sonido me dejó sola con mi respiración acelerada. Me recargué en la almohada, buscand