Abrí los ojos justo cuando me depositaban con cuidado sobre una cama. El colchón cedió bajo mi peso y, por un segundo, pensé que seguía soñando. Pero el olor… ese olor inconfundible. Mi pecho se apretó.
¿Mi casa?
Las sombras conocidas en las paredes, la textura de las sábanas, el murmullo lejano del reloj. Todo estaba ahí, exactamente donde debía estar, y aun así nada se sentía real. El calor seguía subiendo y bajando por mi cuerpo como una marea indomable, arrasándolo todo a su paso. No era un