Azkarion alejó la bandeja y yo retrocedí casi por reflejo.
No fue un movimiento elegante ni digno; fue puro instinto. Sentí cómo el aire se volvía más denso, cómo el espacio entre nosotros se cargaba de una tensión que me oprimía el pecho.
Sentí cómo el hombre caminaba hacia mí, con esa seguridad cruel, con esa manera suya de avanzar que no necesitaba tocarme para inmovilizarme. Cada paso suyo era una orden silenciosa para mi cuerpo, y mi cuerpo, traidor, obedecía.
—¿Esa es tu condición, Verena