Azkarion alejó la bandeja y yo retrocedí casi por reflejo.
No fue un movimiento elegante ni digno; fue puro instinto. Sentí cómo el aire se volvía más denso, cómo el espacio entre nosotros se cargaba de una tensión que me oprimía el pecho.
Sentí cómo el hombre caminaba hacia mí, con esa seguridad cruel, con esa manera suya de avanzar que no necesitaba tocarme para inmovilizarme. Cada paso suyo era una orden silenciosa para mi cuerpo, y mi cuerpo, traidor, obedecía.
—¿Esa es tu condición, Verena? ¿No sexo, no amor?
Sus palabras cayeron sobre mí como un golpe seco. Me quedé perpleja.
¿No amor? La pregunta me atravesó más hondo de lo que estaba dispuesta a admitir.
¿Cómo si Azkarion pudiera amar? ¿Cómo si un hombre como él, construido de control, poder y sombras, pudiera siquiera comprender lo que esa palabra significaba?
Mi mente se llenó de pensamientos contradictorios, pero ninguno logró convertirse en voz.
Intenté hablar, intenté articular una respuesta que no me dejara vulnerable, p