Capítulo: Patética suplica.
Estaba parada frente a esa oficina, con las manos crispadas y el corazón latiéndome como si quisiera salirse del pecho.
Afuera, el mundo parecía difuminarse; no escuchaba el sonido de mis propios pasos ni el murmullo de la gente. Todo lo que existía era esa puerta, esa entrada que representaba una especie de frontera entre mi realidad y el abismo de mis miedos.
Fue entonces cuando la nueva asistente apareció, alta, elegante y con esa sonrisa tibia que parecía ensayada, casi perfecta.
—Puede pasar, el señor D`Argent la espera —dijo, con una voz que parecía un susurro y, sin embargo, cortó el aire como una daga.
Mi cuerpo reaccionó sin avisar: un temblor recorrió cada fibra de mi ser. Juro que no era solo miedo, era algo más profundo, una mezcla de ansiedad y desesperación que me hizo sentir pequeña, invisible. Respiré hondo, intentando armar un valor que no existía, y crucé el umbral.
La oficina nunca se me había hecho tan inmensa. Las paredes parecían alejarse, el techo elevarse como s