Capítulo: Patética suplica.
Estaba parada frente a esa oficina, con las manos crispadas y el corazón latiéndome como si quisiera salirse del pecho.
Afuera, el mundo parecía difuminarse; no escuchaba el sonido de mis propios pasos ni el murmullo de la gente. Todo lo que existía era esa puerta, esa entrada que representaba una especie de frontera entre mi realidad y el abismo de mis miedos.
Fue entonces cuando la nueva asistente apareció, alta, elegante y con esa sonrisa tibia que parecía ensayada, casi perfecta.
—Puede pasa