Al día siguiente me sentía como si un camión me hubiera pasado por encima una y otra vez. Cada músculo protestaba, la cabeza me latía con una presión sorda y el cuerpo me pesaba como si no me perteneciera del todo. Me obligué a levantarme. No tenía opción. Me metí a la ducha y dejé que el agua caliente cayera sobre mi espalda, esperando que se llevara aunque fuera un poco de la confusión de la noche anterior. No lo hizo. El cansancio seguía ahí, aferrado a mí como una sombra.
Me vestí sin pensar