Al día siguiente me sentía como si un camión me hubiera pasado por encima una y otra vez. Cada músculo protestaba, la cabeza me latía con una presión sorda y el cuerpo me pesaba como si no me perteneciera del todo. Me obligué a levantarme. No tenía opción. Me metí a la ducha y dejé que el agua caliente cayera sobre mi espalda, esperando que se llevara aunque fuera un poco de la confusión de la noche anterior. No lo hizo. El cansancio seguía ahí, aferrado a mí como una sombra.
Me vestí sin pensar demasiado, en automático. Mientras me abrochaba la blusa, mi mente volvió una y otra vez al mismo nombre.
Inés.
¿Dónde estaba? ¿Por qué no había sabido nada de ella? Un mal presentimiento me apretaba el pecho desde que abrí los ojos. Miré el reloj. Pronto debía ir a trabajar, aunque esa palabra ya no significara lo mismo que antes. Todo había cambiado demasiado rápido.
Entonces sonó el teléfono.
Contesté sin mirar el número, y me quedé helada al escuchar la voz del otro lado.
—¿Hola?
—¿Verena H