Isabella cerró el grifo y se quedó un momento en silencio, dejando que el vapor del baño le entibiara la piel, aunque por dentro sentía un frío que ningún agua caliente podría calmar. Se envolvió en su toalla y, al salir a la habitación, el corazón le dio un vuelco. Su madre no se había ido.Lydia estaba sentada en el borde de la cama, meciéndose apenas, sosteniendo entre sus manos a "Copito", un conejo de peluche viejo y desgastado que Isabella había amado de niña. Lo acariciaba con una ternura que, en ese momento, resultó aterradora.—Solías ser tan buena, Isabella —susurró Lydia sin levantar la vista del juguete—. Recuerdo cuando te regalamos esto. Eras una niña tan dulce, tan transparente. No había una pizca de malicia en tu corazón. Te miraba y pensaba: "He criado a un ángel".Isabella se quedó inmóvil, con el cabello goteando sobre sus hombros, sintiendo cómo la garganta se le cerraba. El tono de su madre no era de furia, sino de una decepción fingida que dolía mucho más.—Mamá.
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