La tormenta estalló antes del amanecer, golpeando con furia la hacienda Torres como si también estuviera buscando, exigiendo, hambrienta de respuestas. Catalina estaba de pie en el balcón, silenciosa, inmóvil, los ojos siguiendo cada rayo que rasgaba el horizonte caribeño. Allá afuera, en algún punto, Gabriel estaba perdido. Su pulso latía con un tipo de miedo antiguo, como si ya estuviera grabado en los huesos. Dentro, la mansión había quedado en silencio tras horas de caos. Pero abajo, en una cámara donde Lucien guardaba los archivos de vigilancia cifrados, Isa trabajaba como un fantasma bajo el resplandor de una docena de monitores. Los secretos se agitaban. —Encontré algo —susurró Isa desde el otro lado del cuarto, su voz no era alta, pero lo suficiente para atravesar la niebla. Catalina entró, la bata arrastrándose tras ella, empapada por la lluvia cuya existencia ni siquiera había notado. El rostro pálido, los labios secos, la espalda recta. Preparada. Isa gi
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