Las puertas gimieron al abrirse.Catalina esperaba otro túnel, otra trampa. En cambio, el espacio más allá se extendía de forma imposible, era una catedral tallada en piedra viva, el techo tragado por la sombra. Velas parpadeaban en candelabros de hierro, su luz apenas alcanzando las paredes.Y las paredes estaban cubiertas de nombres, miles de ellos. Arañados, tallados y quemados en la roca. Algunos parecían antiguos y apenas legibles. Otros eran recientes, los bordes aún afilados.Sus ojos encontraron uno inmediatamente.*Miguel Cruz*.Su aliento se detuvo. Dio un paso adelante, luego otro, Gabriel se sentía pesado en sus brazos. Junto al nombre de su padre había otro, más pequeño y más nuevo.*Gabriel Miguel Cruz*.—No —dijo Lucien, agarrándole la muñeca. Su voz era tensa—. No toques nada.Pero ya lo había hecho.Sus yemas rozaron el nombre de Miguel.---La visión golpeó como un puño.Miguel, más joven, más delgado —arrodillado en esta cámara—. Sangre goteando de sus palmas al sue
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