La mañana tenía esa quietud particular que precede al calor, cuando el aire aún conserva algo del fresco nocturno y las sombras no han terminado de retirarse de los rincones. Neferet llevaba despierta desde antes del amanecer, incapaz de encontrar el descanso que su cuerpo pedía pero su mente negaba sistemáticamente.Los aposentos que ocupaba habían pertenecido a otra mujer antes que a ella. Ese pensamiento, que en los primeros meses la había perturbado con la insistencia de una herida mal curada, se había vuelto más familiar con el tiempo, aunque no menos inquietante. Los tapices en las paredes no eran los suyos. El ángulo desde el que la luz entraba por las ventanas altas cada mañana no era el que ella habría elegido. Incluso el olor del lugar, a pesar de los años y de los incensarios que Satiah mantenía encendidos con regularidad, guardaba algo antiguo y ajeno, como la memoria
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